Su día a día no era como el de cualquier joven de esa edad que estudia y sale con sus amigos a divertirse, sino que tenía que levantarse a las 5 de la madrugada para limpiar el establo, dar de comer a los animales, cepillar a los caballos y demás labores agrícolas, saliendo a trabajar 10 horas diarias en una pequeña tienda del pueblo. Su madre, una señora dócil y entrañable, sufría de una parálisis completa del cuerpo, por lo que trabajar era algo que ya había desaparecido de sus planes años atrás. Esto complicaba un poco más la delicada situación de Hugo. En cuanto a su padre.. es mejor no decir nada, puesto que les abandonó cuando Hugo tenía apenas 10 años y su madre sufrió aquel fatal accidente que la dejó inválida de por vida. En resumen, un monstruo sin sentimientos.
Su vida era difícil, pero él no perdía la sonrisa, y mantenía aquella frase que tanto le gustaba decir a todo aquel que intentaba hundirle : "Para días grises, paraguas de colores".
"Biiiip, biiiiip, biiiiip.." un lunes más, sonaba el despertador. Hugo, como cada día, se levantaba de la cama, se duchaba, se vestía y se dirigía a la cocina, dónde se untaba una tostada con mantequilla que acompañaba con un vaso de zumo. Ya desayunado y con las tareas rurales acabadas, llegó la hora de trabajar, sin imaginarse ni por un solo segundo, que aquel día, en aquel lugar y en aquel momento, sucedería algo que cambiaría su vida para siempre.
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